Unas semanas atrás, me encontré en el Metro (ese obligado infierno subterráneo de enfados diarios) a una persona a la que había entrevistado. No había lugar a dudas para el equívoco: con su perro lazarillo, su bastón y los ojos enfocados hacia ningún lugar en concreto, era inconfundible. Todo viene de hace más de tres años: en una asignatura de entrevistas en la carrera, se nos obligaba a entrevistar a tres personas con un perfil concreto. En uno de esos casos, tenía que hablar con una persona con algún tipo de discapacidad, y yo elegí a una persona con ceguera. Era mi segunda entrevista, y me llevé una lección de positivismo inolvidable.
Y más de tres años después, esa persona apareció en mi vida de nuevo. Me hizo ilusión. Y también me sorprendió con una reflexión a la que nunca antes había llegado: cuando haces una entrevista, creas un vínculo con tu interlocutor. No un vínculo temporal, sino uno que va más allá del primer contacto. La persona a la que entrevistas, al proporcionarte la información que necesitas, al prestarse al toma y daca de la pregunta-respuesta, te hace entrar en un círculo compartido del que nunca puedes salir. Una especie de vínculo que se crea con la mínima confianza que permite que la entrevista se produzca. Como si, al hacerte depositario de la información que le reclamas, formase un lazo entre los dos incapaz de romperse. Un lazo que, en mi opinión, se crea siempre, independientemente de los sentimientos que esa persona despierte en nosotros.
Además, también me sorprendí, deseando que a esa persona, que tan solo había ocupado varias horas de mi vida, le hubiese ido bien durante todos estos años. Una extraña sensación de que, para mi completa felicidad, necesitaba que la vida de ese hombre hubiese sido apacible. Como si una hora de conversación con la grabadora de por medio me cargase con la responsabilidad de preocuparme por él.
No sé exactamente por qué, pero no me decidí a preguntarle por su vida y recordarle que yo era el estudiante titubeante de Periodismo que un día había llegado a su despacho para preguntarle por su vida de minusválido y que se ruborizó hasta el extremo (estoy seguro de que se percató de ello) cuando él me respondió que simplemente era “Minus-rápido”. Quizás fue el miedo a que no me reconociese. O el miedo a conversar con él y darme cuenta de que mi teoría no tiene ningún sentido.
Esa no fue la única vez que me lo he encontrado, y estoy seguro de que habrá más. No descarto que un día cualquiera reúna un mínimo de valor y le pregunte cómo le va todo y si se acuerda de ese periodista en la probeta que le robó algo de tiempo para intentar desentrañar el día a día de una persona que tiene todo un poco más difícil que el resto. Pero los sentimientos y las reflexiones que despertaron en mí. Quizás haya elegido la profesión más perra e ingrata del mundo, pero puede que sea la mejor que exista.
Y más de tres años después, esa persona apareció en mi vida de nuevo. Me hizo ilusión. Y también me sorprendió con una reflexión a la que nunca antes había llegado: cuando haces una entrevista, creas un vínculo con tu interlocutor. No un vínculo temporal, sino uno que va más allá del primer contacto. La persona a la que entrevistas, al proporcionarte la información que necesitas, al prestarse al toma y daca de la pregunta-respuesta, te hace entrar en un círculo compartido del que nunca puedes salir. Una especie de vínculo que se crea con la mínima confianza que permite que la entrevista se produzca. Como si, al hacerte depositario de la información que le reclamas, formase un lazo entre los dos incapaz de romperse. Un lazo que, en mi opinión, se crea siempre, independientemente de los sentimientos que esa persona despierte en nosotros.
Además, también me sorprendí, deseando que a esa persona, que tan solo había ocupado varias horas de mi vida, le hubiese ido bien durante todos estos años. Una extraña sensación de que, para mi completa felicidad, necesitaba que la vida de ese hombre hubiese sido apacible. Como si una hora de conversación con la grabadora de por medio me cargase con la responsabilidad de preocuparme por él.
No sé exactamente por qué, pero no me decidí a preguntarle por su vida y recordarle que yo era el estudiante titubeante de Periodismo que un día había llegado a su despacho para preguntarle por su vida de minusválido y que se ruborizó hasta el extremo (estoy seguro de que se percató de ello) cuando él me respondió que simplemente era “Minus-rápido”. Quizás fue el miedo a que no me reconociese. O el miedo a conversar con él y darme cuenta de que mi teoría no tiene ningún sentido.
Esa no fue la única vez que me lo he encontrado, y estoy seguro de que habrá más. No descarto que un día cualquiera reúna un mínimo de valor y le pregunte cómo le va todo y si se acuerda de ese periodista en la probeta que le robó algo de tiempo para intentar desentrañar el día a día de una persona que tiene todo un poco más difícil que el resto. Pero los sentimientos y las reflexiones que despertaron en mí. Quizás haya elegido la profesión más perra e ingrata del mundo, pero puede que sea la mejor que exista.
"Las malas personas no pueden ser buenos periodistas" (Kapuściński)












