lunes, 27 de junio de 2011

Autómata 7

El despertar de ese sueño tan plácido no fue ni mucho menos agradable. El terrible dolor de cabeza que sufría no me dejaba abrir los ojos y el sonido de un pitido que no sabía de donde procedía me torturaba en cada una de sus repeticiones. Intenté ordenar mis pensamientos. Acababa de suicidarme, de eso me acordaba, pero…¿dónde coño estaba? Ese dolor de cabeza sólo podía ser digno del infierno, pero a través de los ojos cerrados se intuía una claridad casi dolorosa. ¿Quizás estaría en el cielo? Haciendo acopio de fuerzas, abrí los ojos inquieto y descubrí que la respuesta no era ni una ni otra.
Estaba en la habitación de un hospital, el dichoso ruido era el de la máquina que informaba de mis constantes vitales y estaba vivito y coleando. Era demasiado cruel para ser real. Había intentado suicidarme y no lo había conseguido. Era un puto fracasado. ¿Qué iba a ser de mí? Me mirarían como a un loco. Mis padres descubrirían que su hijo, antes perfecto, estaba como una puta cabra, y lo que era peor, tendría que seguir viviendo hasta acumular el valor necesario para volver a intentarlo. Lo que me parecía casi imposible.
Porque ya no me quedaban fuerzas ni ganas para nada. Ni para levantarme de la cama y escapar de ese tormento, ni para rebelarme contra mi propio destino. Ni siquiera para abrir los ojos, después de que los cerrara tras percatarme donde estaba. Fue el peso que noté a la derecha de mi cabeza, en la almohada, el que me hizo volver a la realidad. Sin abrir los ojos, sentí su presencia, olí su fragancia, escuché su respiración y casi pude ver su rostro, sus ojos, su nariz recta y su boca perfecta que me habló, dudosa:
-¿Estás despierto?
Estuve a punto de gritar de desesperación, de rabia, de dolor y de impotencia. ¿Por qué tenía que estar allí, por qué tenía que ser ella la primera persona a la que viera? En vez de gritar, decidí quedarme inmóvil y callado, pero era lista. Infernalmente lista:
-Sé que estás despierto, antes abriste los ojos. Además, se te nota que estás aguantando la respiración.
Suspiré derrotado y abrí los ojos tan lento como pude. Incluso fingí tardar en acostumbrarme a la luz, pero ella seguía ahí. Al fin la miré a los ojos. Y los dos estuvimos así, mirándonos, hablando sin hablar, como antes de que todo ocurriera. Me regañaba: ¿cómo has hecho eso?, parecía decirme. Yo, simplemente, estaba embrujado por ella. No podía dejar de mirarla. Habían pasado meses y me había hecho a la idea de que jamás volvería a verla. Pero ahí estaba, con su belleza robándome el alma del nuevo.

miércoles, 22 de junio de 2011

De todo hay en la viña del Señor

Hace un par de días, el arzobispo de Madrid Rouco Varela decidió aportar su particular visión del fenómeno del 15-M, calificando a los jóvenes del movimiento (no debió ver a la gran cantidad de matrimonios con hijos creciditos, personas ancianas y de toda índole que no tenían precisamente 20 años y que abarrotaron toda España el domingo pasado junto a esos jóvenes) como “personas que no conocen a Dios y que tienen sus vidas rotas”. Sí, no conocen a Dios. Sí, tienen sus vidas rotas. Pero no hay que buscar una explicación que desmerezca a estos chicos. No conocen a Dios porque están demasiado ocupados en reivindicar un presente y un futuro mejor del que les espera. Y tienen sus vidas rotas, por supuesto. Pero no por el hecho de no conocer a Dios o no practicar la religión cristiana, sino porque probablemente no podrán independizarse hasta que tengan cuarenta años, porque tendrán un trabajo basura para los restos y porque pagarán una hipoteca hasta que tengan que heredarla sus hijos. Quizás por eso. Pero como Rouco Varela no pasa por muchas dificultades económicas, el pobre no entiende eso. Otro ejemplo más del desconocimiento y alejamiento de la Iglesia con la sociedad.
No obstante, por suerte para todos, y dada la gran (e injustificada) influencia del catolicismo en nuestro país, un grupo de más de un centenar de religiosos agrupados en el Foro de Curas han puesto el grado de coherencia y sentido común que tanto le hace falta a Rouco Varela. En un comunicado, el grupo de religiosos (compuesto por 120 sacerdotes de las parroquias más pobres de la diócesis de Madrid, de ahí quizás viene la coherencia) criticó el elevado coste de la visita de Benedicto XVI en la Jornada Mundial de la Juventud (unos 50 millones de euros) y reclamaron más sencillez y humildad para la realización de la citada jornada, que según el propio Foro, está “más empeñada en dar a conocer la fuerza de la Iglesia que el mensaje del Evangelio”. Me quedó con tres citas del comunicado del foro:
Una iglesia triunfalista, que utiliza medios espectaculares, que confía en la fuerza de los números y las multitudes, y que muestra una figura deslumbradora del Papa y de la Iglesia es poco evangélico”.
Para financiar la JMJ hay un pacto de la jerarquía con las fuerzas económicas y políticas que refuerza la imagen de la Iglesia católica como institución privilegiada y cercana al poder, con el escándalo que ello supone en las circunstancias actuales”.
"Muchos jóvenes nos ven desfasados y apegados al dinero".
Por lo menos, con todo esto se demuestra que hay motivos para pensar en que hay religiosos que de verdad se toman en serio a la gente que cree en Dios y que creen en una institución más cercana a sus feligreses. Algo es algo.

domingo, 19 de junio de 2011

Autómata 6

Fue un día como otro cualquiera, ocurrió de improviso. Incluso había salido, un rato después del trabajo, con los compañeros a tomar unas cañas. Una broma me sacó alguna sonrisa. Parecía volver a vivir de verdad. Pero, al llegar a casa, lo vi tan claro que la pena estuvo a punto de ahogarme. Nunca podría ser feliz sin ella. Seguir existiendo como un autómata no tenía sentido. Y me dispuse a ejecutar ese plan que tenía guardado en la recámara.
Habían pasado varias semanas desde que viera a ese chico desesperado en la televisión, y seme habían pasado por la cabeza todo tipo de ideas. Saltar por la ventana, ahorcarme, estrellarme con el coche, inflarme a barbitúricos y whisky…pero ninguna me convencía. Esa vez, sin embargo, lo tenía claro. Y me asombré de la capacidad que tenía para pensar fríamente en mi suicidio.
Anochecía cuando tuve todo preparado. La bañera (donde tantas veces me había bañado con ella), las cuchillas, y a los Beatles de fondo. En ese instante me di cuenta de que llevaba sin llamar a mi madre cerca de un mes. ¡Qué disgusto iba a darle! No era un buen hijo. No lo dudé y me acerqué al teléfono. Quería hablar con ella por última vez. Dos tonos después, su voz me recibió tan cálida y afectuosa como siempre. El esfuerzo que hice para no romper a llorar fue titánico.
-¡Hola hijo! Pensábamos que habías desaparecido del planeta.
-He estado muy liado, mamá, lo siento. ¿Cómo estáis?
-Nos pillas a papá y a mí haciendo la maleta.
-¿Os vais?
-Sí, nos vamos a Mallorca con tus tíos una semana. ¿Necesitas algo, cariño?
Encima les iba a joder las vacaciones. Las lágrimas luchaban por salir e hice un último esfuerzo.
-No mamá, solo quería ver qué tal estabais. Disfrutad mucho –no pude reprimir un suspiro cargado de emoción-, disfrutad mucho, mamá.
Y colgué. No pasaron ni diez segundos y rompí a llorar. Lloré hasta reventar, hasta quedarme vacío de lágrimas, hasta desahogarme por completo. Cuando me calmé, me desnudé. Antes de meterme en la bañera escribí una breve nota: “No podía vivir más sin ella. Os quiero y os querré siempre, allá donde vaya”. Ya estaba todo hecho. Me metí en la bañera, recosté mi cabeza contra el borde y con la cuchilla me hice dos cortes, uno en cada muñeca. La sangre comenzó a brotar rápidamente y con el paso de los minutos empecé a adormecerme. Al fin y al cabo, eso de morirse no iba a ser tan desagradable. Lo último que recordé fue la mirada de un ángel de ojos verdes.

jueves, 16 de junio de 2011

Yo también soy un indignado

Distan dos semanas desde mi última actualización. Ya sé que en mi estatuto de autonomía aseguraba no actualizar todos los días, pero ni mucho menos quería decir que iba a abandonar el blog tanto tiempo. Pero la dichosa etapa de exámenes me ha quitado tiempo, ganas, fuerzas, e incluso días de vida –espero que no sean meses o años-. En estos días han pasado cosas que me han hecho pensar mucho y sobre las que intentaré abundar en otros posts, pero en este momento quiero decir dos cosas: uno, que iré escribiendo más a menudo estos días (¡por fin!) y dos, que también soy un indignado.
Me indigna que cuatro descerebrados, o cuatro vagos, o cuatro violentos, o cuatro exaltados, o cuatro tarados puedan manchar la imagen de un movimiento con el objetivo más noble que recuerdo en muchos años.
Me indigna que los políticos y medios de comunicación hayan abierto la veda para desprestigiar a ese movimiento que hace un mes era un soplo de aire fresco. Se les ve el plumero. Han encontrado la excusa perfecta. Y por eso me indigno todavía más por esos descerebrados.
Me indigna que se intimide a concejales por su voto en los plenos. Me indignan ciertos comportamientos de ciertos partidos políticos. Me indigno más todavía cuando se posicionan tan ambiguamente en determinados temas en los que la única opción posible es una: el rechazo absoluto al terrorismo.
Me indignan los cargos públicos imputados. Y me indignan más si ostentan alcaldías. Si quieren que gobierne su partido, que se aparten y dejen al segundo de la lista. Me indigna todavía más que se coloque de segundo de lista a una persona limpia por si es necesario que gobierne y que en cuanto pasen las adversidades vuelvan los personajes de siempre. Hablo por Coslada.
Me indigna que los políticos se escondan. Me indigna que las personas se escondan, pero si son políticos todavía más: les votamos para que nos representen, no para que cuando pinten bastos se escondan en su despacho, no den la cara y desnuden a sus votantes. Hablo también de Coslada.
Me indigna que se haga negocio con la historia de 191 personas muertas y casi 2.000 heridos, me indigna que se haga negocio con los sentimientos de todas aquellas personas que nunca podrán olvidar y que tienen que ver en TV cómo se utiliza la historia de sus seres queridos supuestamente “para que no olvidemos”.
Pues eso, que yo también soy un indignado.

viernes, 3 de junio de 2011

Autómata 5

Surgió de repente, sin previo aviso. Fue un viernes por la noche, tras una intensa jornada de trabajo en la oficina. Haciendo zapping en la televisión vi una película en la que un hombre le decía a su pareja la frase: “No puedo vivir sin ti”. Por la inercia cambié de canal sin querer, pero tras un momento volví a la película. Parecía que la chica estaba dejando a su novio, que trataba desesperadamente de convencerla para que no lo hiciera. La escena transcurría en un parque, y los dos estaban sentados en la hierba, el uno frente al otro. Se me ocurrió que la situación bien podía haber sucedido en un café, como me paso a mí. También me sentí extrañamente reflejado en el hombre, que volvía a la carga:
-Dame tiempo para cambiar, ¡Te aseguro que lo haré!
-Te lo he dado muchas veces y nunca lo has hecho. Estoy cansada. No.
Ella hizo ademán de levantarse, pero él se lo impidió:
-Por favor –farfulló, empezando a perder el control-, no me hagas esto.
Parecía casi una súplica de alguien que se sintiera condenado.
-Lo tengo decidido. Se acabó, no puedo seguir así. Te deseo lo mejor.
Esa vez el chico no la impidió marcharse. Segura, se levantó de la hierba y abandonó el lugar. Por lo menos te han deseado suerte, chaval, y no te han puesto los cuernos como a mí, pensé. Entonces, el chico se puso a gritar, fuera de sí:
-¡No! ¡No puedo vivir sin ti! ¡No quiero! ¡No puedo vivir sin estar contigo!
Me compadecí de él, aunque al cabo de un segundo me di cuenta de que yo estaba igual. Y hallé una solución al problema, una solución que me puso los pelos como escarpias y me subió la adrenalina hasta los topes. Elena no iba a volver junto a mí, eso parecía claro. No puedo vivir sin ti, había dicho el chaval. A mí me pasaba algo parecido, por no decir lo mismo. Y si no podía vivir sin ella, ¿por qué alargar la agonía? En ese momento, delante del televisor, pasó por mi mente la muy tentadora idea de borrarme del mapa, de suicidarme.