jueves, 19 de diciembre de 2013

Un vínculo en el Metro

Unas semanas atrás, me encontré en el Metro (ese obligado infierno subterráneo de enfados diarios) a una persona a la que había entrevistado. No había lugar a dudas para el equívoco: con su perro lazarillo, su bastón y los ojos enfocados hacia ningún lugar en concreto, era inconfundible. Todo viene de hace más de tres años: en una asignatura de entrevistas en la carrera, se nos obligaba a entrevistar a tres personas con un perfil concreto. En uno de esos casos, tenía que hablar con una persona con algún tipo de discapacidad, y yo elegí a una persona con ceguera. Era mi segunda entrevista, y me llevé una lección de positivismo inolvidable.

Y más de tres años después, esa persona apareció en mi vida de nuevo. Me hizo ilusión. Y también me sorprendió con una reflexión a la que nunca antes había llegado: cuando haces una entrevista, creas un vínculo con tu interlocutor. No un vínculo temporal, sino uno que va más allá del primer contacto. La persona a la que entrevistas, al proporcionarte la información que necesitas, al prestarse al toma y daca de la pregunta-respuesta,  te hace entrar en un círculo compartido del que nunca puedes salir. Una especie de vínculo que se crea con la mínima confianza que permite que la entrevista se produzca. Como si, al hacerte depositario de la información que le reclamas, formase un lazo entre los dos incapaz de romperse. Un lazo que, en mi opinión, se crea siempre, independientemente de los sentimientos que esa persona despierte en nosotros.

Además, también me sorprendí, deseando que a esa persona, que tan solo había ocupado varias horas de mi vida, le hubiese ido bien durante todos estos años. Una extraña sensación de que, para mi completa felicidad, necesitaba que la vida de ese hombre hubiese sido apacible. Como si una hora de conversación con la grabadora de por medio me cargase con la responsabilidad de preocuparme por él.

No sé exactamente por qué, pero no me decidí a preguntarle por su vida y recordarle que yo era el estudiante titubeante de Periodismo que un día había llegado a su despacho para preguntarle por su vida de minusválido y que se ruborizó hasta el extremo (estoy seguro de que se percató de ello) cuando él me respondió que simplemente era “Minus-rápido”. Quizás fue el miedo a que no me reconociese. O el miedo a conversar con él y darme cuenta de que mi teoría no tiene ningún sentido.

Esa no fue la única vez que me lo he encontrado, y estoy seguro de que habrá más. No descarto que un día cualquiera reúna un mínimo de valor y le pregunte cómo le va todo y si se acuerda de ese periodista en la probeta que le robó algo de tiempo para intentar desentrañar el día a día de una persona que tiene todo un poco más difícil que el resto. Pero los sentimientos y las reflexiones que despertaron en mí. Quizás haya elegido la profesión más perra e ingrata del mundo, pero puede que sea la mejor que exista.

"Las malas personas no pueden ser buenos periodistas" (Kapuściński)

lunes, 16 de diciembre de 2013

Contra lo hipotético

Hace unos días, escribiendo en la redacción, me encontré de repente con la palabra ‘hipotético’, y me di cuenta de lo mucho que la había utilizado recientemente; tanto ella como varios sinónimos. No se trata de una falta de vocabulario (que podría ser, pero no en este caso), ni de una repetición en los temas (que podría ser, pero no en este caso), sino de una tendencia que observo en todos los ámbitos de la vida. Una obsesión por el futuro que nos arrebata el presente. 

Como robots, preocupados por qué nos ocurrirá y por tratar de que todo lo que nos espere sea lo más beneficioso posible, nos olvidamos de que lo importante pasa ante nuestros ojos, y de que vivir no es utilizar todos nuestros esfuerzos pensando en una futura etapa de nuestra existencia, sino que se trata de acoger todo lo que ésta nos pone por el camino, ya sean buenos (de los que se disfruta) o malos momentos (de los que se aprende). 

Vivir, aunque parezca mentira, consiste en vivir. No en una ensoñación de los días por venir cimentada en pilares imaginarios, en castillos en el aire. Vivir es actuar, reaccionar, cambiar de criterio, bajar a los infiernos y creerte en el cielo, reencontrarse todos los días con tus demonios para saludarles, darles los buenos días y apartarlos de un manotazo para dar paso a todo lo que te hace seguir adelante. Porque, para tener un pasado que poder recordar, hay que abrirle la puerta al ya, y guardar el mañana en el cajón. 

Vivan. Tomen decisiones basándose en el ahora. Equivóquense. Obedezcan a sus sentimientos, a pesar de que éstos les señalen una dirección diferente a la del resto de los mortales. Nunca se arrepientan de no hacer algo. No dejen escapar a las personas que merezcan la pena. Luchen por algo, si les parece justo. Luchen hasta el último aliento por ello, a pesar de todo y de todos.

Pero, por encima de todo, obedezcan al corazón al menos una vez en la vida. Yo les diría, incluso, que le hicieran caso más a menudo que a la cabeza. Podrán errar en ocasiones, pero simplemente por el hecho de optar a probar el dulce sabor de la victoria que otorga la conciencia de haber actuado correctamente, merecerá la pena.

"El ahora es todo lo que hay, y el futuro es simplemente otro momento presente para ser vivido cuando llegue" (Wayne Dyer)

jueves, 12 de diciembre de 2013

Historias que no se pueden contar

Dicen los que entienden de lo a que me dedico que muchas historias encuentran al periodista, y no al contrario; que solo se aparecen a una persona que, por avatares de la vida, tiene la responsabilidad, el honor o el privilegio de contar algo que el resto no puede.

Hace no tanto tiempo habría estado de acuerdo. Pero ya no. No en todos los casos. Siempre hay excepciones. Porque hay historias que, aunque sean dignas de ser contadas, no se pueden contar. Y no es incoherencia, es que la vida en sí misma es un misterio que creemos entender. Y repito, solo creemos. Una reflexión algo enrevesada, pero intento explicarme.

Por tradición, costumbre, o una simple tendencia de la que nos imbuimos al observar el mismo comportamiento en otros seres humanos, solemos pensar que lo más conveniente cuando una vivencia nos tortura es contarla, como una forma de liberarnos de ella. Discrepo. Una vez más, solo lo creemos. Pero creer y estar en lo cierto muchas veces no son sinónimos. Y yo, periodista (que en su máxima concepción idealizada lucha siempre por buscar o desempolvar la verdad), creo que hay historias que han de permanecer en el anonimato, en el recuerdo de sus protagonistas. En un círculo íntimo al que solo están invitados ellos. 

Esta conclusión, evidentemente, no la puedo avalar con argumentos indestructibles e inmaculados. Es solo una cuestión de sensaciones. Es la percepción de violar, de profanar (ésa sería la palabra más adecuada) una vivencia que puede ser merecedora de un texto, un reportaje o incluso un libro y que, sin embargo, solo está reservada a sus personajes. Y cuánto más se piensa en ellas, más se las concibe como un futuro escrito irrepetible. Quizás por el hecho de que se nos niegan. Quizás porque intentamos convencernos de que no estamos equivocados, cuando sí lo estamos.

O quizás, y esto es lo más fascinante, porque las mejores historias son aquellas que no se pueden conocer. 

"A quién le dices tu secreto, le vendes tu libertad" (James Howell)