En la página 198 de "Paisaje de otoño", de Leonardo Padura, aparece el siguiente texto: "Al fin y al cabo, la dulce envidia sentida por los escritores que lo hacían bien era una enfermedad menos dura que la convicción de que tal vez él nunca lograra hacerlo, ni siquiera mal".
Unas cuantas palabras que resumen a la perfección lo difícil de asumir que se ha fracasado. El miedo a reconocer que las cosas no han salido como hemos deseado o imaginado en nuestra mente antes de ejecutarlas. Y cómo recurrimos a otros sentimientos, cómo damos prioridad a otras sensaciones para intentar neutralizar la desazón que nos provoca haber fracasado.
El fracaso lleva a refugiarnos en otros sentimientos, decía. Y eso me lleva a una conclusión: el ser humano es un ser cobarde, o cómodo, siendo generoso. Es un ser que prefiere esconderse tras la envidia o el rencor antes que tener la valentía de aceptar que ha fracasado y reunir el valor para rehacerse y volver a intentar aquello en lo que ha naufragado. Porque intentarlo de nuevo, sabiendo que se ha fracasado, es una tarea titánica.
Quizás el error es partir de una premisa equivocada y suponer que fracasar es (aunque parezca raro y redundante) un fracaso. ¿Cuántos éxitos han tenido su causa en un fracaso? Seguramente más de los que imaginemos o queramos imaginar.
O quizás el error es pensar que el hecho de intentarlo, a pesar de que exista la clara posibilidad del fracaso, no pueda ser un pequeño éxito. Caer en una especie de filosofía de vida resultadista, en la que nada importe el esfuerzo o la confianza en lo bueno de la empresa que acometemos.
Mientras divago sobre esto, millones y millones de personas estarán pensando en sus respectivos fracasos vitales. La vida misma. A los que hayáis llegado hasta el final del lectura, os invito a encontraros con el riesgo a fracasar, y por qué no, con el fracaso.
"Cada fracaso le enseña al hombre algo que necesitaba aprender" Charles Dikens.
Cádiz ha sido una ciudad propensa a ser testigo de hechos trascendentes. Que se lo digan a Napoleón, cuyas tropas acabaron desesperadas ante la imposibilidad de hacerse con los irreductibles españolitos que se arrinconaban en la Isla de León. O a Aníbal, que de allí salió con el objetivo en mente de conquistar Roma. Tampoco es diferente esto en el mundo del fútbol. Que se lo digan a Luis Aragonés, que sin que muchos lo supiésemos (en realidad, puede que solo él lo supiese), salió un 15 de noviembre de 2006 con la firme convicción de conquistar Viena.
Fue la noche de ese día cuando Rumanía nos sacaba los colores y la prensa abría la veda contra Luis al que ya habían sentenciado por la reciente derrota ante Suecia que nos llevaba a la repesca ante Dinamarca para jugar la Eurocopa y por haber jubilado a Raúl después de que un tal Healy hiciese de Irlanda del Norte un Vietnam. Hacía tan solo unos meses que el propio Luis había dado marcha atrás en su decisión de dejar La Roja “para tener una revancha en la Eurocopa”.
Fue en ese momento cuando comenzó la caza de los medios. Luis, picado en lo más hondo por lo que creía era un ataque sin medida y justificación (la Selección había mostrado en el Mundial de Alemania muestras de que podía jugar realmente bien), se recluyó en su hurañía, lamiéndose las heridas y sabedor de que la razón estaba de su parte, aunque él fuese el único que estaba seguro de tenerla. Y esta razón se la iban a dar un puñado de locos bajitos que hacían del toque música de violines.
Él fue el primero en apostar abiertamente por el ‘tiqui-taca’ en vez de por el músculo. Recordó Xavi en su artículo de despedida a Luis que le dio los mandos de La Roja y que se decidió por “poner a los buenos, porque son tan buenos que vamos a ganar la Eurocopa”. Días antes de empezar el torneo, aseguraba en una entrevista a As que España iba a ganar la Eurocopa. Unas palabras vacías o acordes a un discurso preestablecido del seleccionador de un combinado como el español, pero que años después, con la distancia que nos otorga el tiempo, suena a profecía.
Cada partido que jugamos en Austria fue una bofetada más fuerte en las mejillas de todos los que le habían puesto a los pies de los caballos. Ese junio de 2008 España nos devolvió (o nos regaló por primera vez) esa sensación de sabernos fuertes, de sentirnos indestructibles. Nos quitó el estigma de la inferioridad en una tanda de penaltis y nos dejó para la posteridad una segunda parte contra Rusia en la semifinal que podremos contar a nuestros hijos y nietos para ganarnos su atención cuando ya casi nos hagan caso. Y nos llevó al cielo futbolístico de las manos de un Torres al que se encargó de motivar y besar como a un hijo (tal y como él reconoció en un Informe Robinson imprescindible) el día antes de la final. Seguro que cuando Casillas levantaba la copa en el Prater pensó algo parecido a un “¿Os creíais que el hijo de puta del viejo estaba loco?”.
Cuando las celebraciones terminaron y Del Bosque recogió su herencia, Luis se marchó a entrenar al Fenerbache. Poco duró su aventura turca, y ya nunca más volvió a sentarse en un banquillo. Desde entonces, una de sus pocas declaraciones a la que los medios dieron especial tratamiento fue su palo a los jugadores tras la derrota contra Suiza. Los propios jugadores defendieron en todo momento a Luis, asegurando que en todo momento habían captado su intención, que no era ni más ni menos que darles en el orgullo para revertir la situación. Tras eso, España ganó todos sus partidos y se llevó el primer título mundial. Pero ni en ese instante se dejó de ser injusto con él.
Por eso duelen las críticas que recibió. Por eso duele tanto esa noche de Cádiz. Por eso duele ahora tanto reconocimiento a deshoras. Hace menos de una semana de tu perra despedida y aún me emociono al recordar lo que nos hiciste ser. Espero que, allá donde esté, no haya Schwarzenbecks, ni prensa hipócrita ni mentirosos. Se lo ha ganado, abuelo.
"He tenido salidas de tono sobre todo cuando tengo la razón". (Luis Aragonés)