Y me dejé llevar por ti. Hacia la historia que siempre quise escribir, hacia ese acontecimiento que siempre quise presenciar a pie de campo, hacia esa entrevista perfecta, hacia ese reportaje capaz de levantar polvaredas. Todavía sigo en camino de ellos, pero me he encontrado con pequeñas alegrías. Muy escasas en comparación con las decepciones, pero suficientes para asegurarme de que el camino que elegí es el que deseo, y que nada ni nadie podrá quitarme el mono de ti.
Porque tengo la convicción de que dedicarme en cuerpo y alma a ti es lo mejor que se hacer. No me importa lo que digan, no me importa lo difícil que pueda ser. No tengo miedo al fracaso. No pienso en otra cosa que no sea estar contigo hasta que no sea capaz de juntar una sílaba con otra.
Te escribo porque quiero proclamar a los cuatro vientos que eres una de las mejores cosas que me han pasado en la vida. A pesar de los sinsabores, de los esfuerzos en balde, de la rabia contenida, de la amargura, de los que te quieren solo por interés, de los que te conciben como un simple negocio, de los que quieren usarte para sus propios fines, de los que te confunden con una herramienta al servicio de los poderes.
Todo eso me dará igual. Porque mi presente y mi futuro eres tú. Porque quiero que seas tú. Porque sigo pensando que tu simple concepción –la pura, la de verdad- es uno de los elementos más imprescindibles en las vidas de todos los ciudadanos. Porque eres necesaria. Porque tu destino es servir siempre a tu propósito de no faltar nunca a la verdad. Y yo quiero formar parte de ese destino.
Si todos pensasen como tú, algo cambiaría. Lamentablemente veo una minoría.
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