El despertar de ese sueño tan plácido no fue ni mucho menos agradable. El terrible dolor de cabeza que sufría no me dejaba abrir los ojos y el sonido de un pitido que no sabía de donde procedía me torturaba en cada una de sus repeticiones. Intenté ordenar mis pensamientos. Acababa de suicidarme, de eso me acordaba, pero…¿dónde coño estaba? Ese dolor de cabeza sólo podía ser digno del infierno, pero a través de los ojos cerrados se intuía una claridad casi dolorosa. ¿Quizás estaría en el cielo? Haciendo acopio de fuerzas, abrí los ojos inquieto y descubrí que la respuesta no era ni una ni otra.
Estaba en la habitación de un hospital, el dichoso ruido era el de la máquina que informaba de mis constantes vitales y estaba vivito y coleando. Era demasiado cruel para ser real. Había intentado suicidarme y no lo había conseguido. Era un puto fracasado. ¿Qué iba a ser de mí? Me mirarían como a un loco. Mis padres descubrirían que su hijo, antes perfecto, estaba como una puta cabra, y lo que era peor, tendría que seguir viviendo hasta acumular el valor necesario para volver a intentarlo. Lo que me parecía casi imposible.
Porque ya no me quedaban fuerzas ni ganas para nada. Ni para levantarme de la cama y escapar de ese tormento, ni para rebelarme contra mi propio destino. Ni siquiera para abrir los ojos, después de que los cerrara tras percatarme donde estaba. Fue el peso que noté a la derecha de mi cabeza, en la almohada, el que me hizo volver a la realidad. Sin abrir los ojos, sentí su presencia, olí su fragancia, escuché su respiración y casi pude ver su rostro, sus ojos, su nariz recta y su boca perfecta que me habló, dudosa:
-¿Estás despierto?
Estuve a punto de gritar de desesperación, de rabia, de dolor y de impotencia. ¿Por qué tenía que estar allí, por qué tenía que ser ella la primera persona a la que viera? En vez de gritar, decidí quedarme inmóvil y callado, pero era lista. Infernalmente lista:
-Sé que estás despierto, antes abriste los ojos. Además, se te nota que estás aguantando la respiración.
Suspiré derrotado y abrí los ojos tan lento como pude. Incluso fingí tardar en acostumbrarme a la luz, pero ella seguía ahí. Al fin la miré a los ojos. Y los dos estuvimos así, mirándonos, hablando sin hablar, como antes de que todo ocurriera. Me regañaba: ¿cómo has hecho eso?, parecía decirme. Yo, simplemente, estaba embrujado por ella. No podía dejar de mirarla. Habían pasado meses y me había hecho a la idea de que jamás volvería a verla. Pero ahí estaba, con su belleza robándome el alma del nuevo.
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