Dos meses después todo seguía igual. La carga en el pecho que llevaba desde el día en que Elena (procuro no decir demasiado su nombre) me dejó estaba siempre presente recordándomela a cada momento e incluso pesaba más día a día. Los primeros momentos era una carga insoportable y pensé que solo uno de los dos podría sobrevivir, pero ahí estábamos, la carga y yo. Y ninguno de los dos parecíamos desaparecer, por lo que su peso no me dejó de acompañar, como un cilicio que se incrustaba en el fondo de mi alma.
Perdí el interés por cualquier cosa. Visitaba regularmente a mis padres, acudía todos los días a mi trabajo y quedaba de vez en cuando con mis amigos, pero nada me llenaba. Ni siquiera tenía su aquel mirar el culo de Bárbara, la secretaria cañón del jefe que nos hacía babear a media oficina con sus andares. Ni el fútbol. Ni un buen libro. Ni nada de lo que me había gustado antes. Simplemente había perdido la capacidad para disfrutar.
Respiraba porque mis pulmones necesitaban oxígeno, comía y bebía porque mi cuerpo requería de nutrientes, y dormía porque todas las personas necesitan descansar. Todo se reducía a la mera supervivencia, pero sin ningún motivo especial para su consecución. En esos dos meses no la había vuelto a ver. Apenas unos mensajes de texto al móvil que leía cada día para cerciorarme de que seguía viva, que era real. A eso se reducía mi vida: a comprobar que ella seguía viviendo mientras yo me iba difuminando en la amargura de mi rutina sin ella. A vivir solo con el envoltorio y nunca con el contenido. A existir sin sentir. Como un autómata.
No hay comentarios:
Publicar un comentario