jueves, 28 de abril de 2011

Autómata 3

Antes de acabar de bajar el tramo de escaleras ya había empezado a llorar. Lo que había visto hacía tan solo unos segundos tenía que ser fruto de mi imaginación, no podía ser cierto. Pero en el fondo sabía que había sido tan real como las lagrimas que me cegaban la vista. Me ha dejado por otro, me repetí varias veces intentando asimilar lo que ello significaba. El día anterior ella me había dejado, y esa mañana estaba ese cabrón en su casa. Por lo tanto, no hacía falta ser demasiado listo para saber lo que eso implicaba. Tenía a otro mientras estaba conmigo. Mientras yo le daba todo lo mejor de mí, mientras yo la amaba como a nadie lo hice. Y me quise morir.
Desanduve el camino a casa y lo hice como la noche anterior, sin ser consciente de que lo hacía, como un zombi. No dejaba de repetirme escenas en las que el Cabrón (ya lo había bautizado así) la besaba, la acariciaba y se acostaba con ella. Y en esos momentos enloquecía de rabia y de celos.
Llegué a mi casa y me senté en el sofá. Al lado del televisor había una foto nuestra. Estaba tan guapa que me dolía el alma de solo pensar lo que me había hecho y que nunca más volvería a tenerla entre mis brazos. El tiempo pasó, pero yo no me di cuenta. El día siguiente llegó, y seguí en el sofá como si nada. Sentía todo el cuerpo entumecido, pero no me importaba. No comí. No bebí. Llegó la noche del domingo y decidí que no iría al trabajo al día siguiente. Me negaba a despertar de ese sopor, porque sabía que cuando lo hiciese, cuando tuviese que enfrentarme a la realidad y a la rutina, no sería capaz de soportarlo.

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