Era sábado, y libraba, así que me dediqué en cuerpo y en alma a prepararme mentalmente para el encuentro, a pensar qué iba a decirle y cómo podía mostrarle que era capaz de cualquier cosa para que no me dejara. Estuve a punto de llamarla por teléfono, pero temí que se negara a verme y preferí ir a su casa sin avisar. El factor sorpresa, que dirían algunos. Me fui a su casa con los nervios a flor de piel, como los del futbolista en el túnel de vestuarios antes de salir a jugar la gran final. Vivía a cinco minutos de mí y me fui andando por el bulevar que conducía a su calle. Cuando llegué al portal alguien entraba: mejor, así la sorprendería todavía más en la puerta de su casa. Con el corazón en la garganta pulsé el timbre y me sonó al pitido inicial de mi partido particular. Maldito fútbol, siempre pendiente en la mente de los hombres. O por lo menos en mi mente.
Abrió la puerta un hombre: treinta y tantos, barba bien recortada, buena presencia…el único problema era que estaba sin camisa y secándose el pelo con una toalla. Di un paso atrás, confuso, y miré el número de la puerta. Me quedé sin aliento. Joder, no me he equivocado, pensé. Todavía no me había dado tiempo a atar cabos cuando apareció ella poniéndole una mano en el hombro. Nuestras miradas se cruzaron, la suya pasó de la sorpresa al miedo y luego se cargó de culpa. Ahí encajaron todas las piezas del rompecabezas y el resultado era cruel: estaba con otro. Pitido final, derrota por goleada. De pronto asentí para mis adentros sin dejarla de mirar, asimilando todo, digiriendo la ira que empezaba a invadirme. Lo único que quería era irme de aquel descansillo convertido en infierno y me di media vuelta para marcharme. Lo que más de dolió fue que ella no intentara salir detrás de mí para darme una explicación. Simplemente me dejó salir de su vida.
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