martes, 27 de mayo de 2014

La belleza de la derrota

Han pasado ya varios días de la derrota del Atlético en la final de Lisboa, y ronda una pregunta en la cabeza. ¿Tiene belleza la derrota? ¿Se puede presumir de un fracaso? El asunto da para discusión, pero yo creo que sí. Lo complicado es explicárselo a los que han ganado. ¿Cómo explicar a alguien que ha saboreado las mieles del éxito, que ha levantado la Copa de Europa, que una derrota también tiene su lado bello?

La respuesta es que durante un año, el Atleti nos ha enseñado que a veces no gana el mejor, sino el que más fuerza y empeño le pone a lo que tiene entre manos. El Atlético nos ha enseñado que a veces se puede romper el orden establecido. Que a veces lo que pierden dan la vuelta a las previsiones y ganan. Que no solo es importante conseguir el objetivo, sino el camino que recorres para conseguirlo. 

El Atleti no tiene motivos para la lágrima más alla de la natural reacción de tristeza tras el naufragio en el estadio Da Luz. Es probable que pasen muchos años hasta que vuelva a optar a una final, pero ha sido artífice de un curso para enmarcar: campeón de Liga, récord de puntos, final de Champions. Ha sido un Atlético para la historia.

Y lo ha hecho con una compañera de viaje fiel: la épica. Con un presupuesto menor, con una plantilla inferior, pero con una capacidad de fe en sí mismos y un espíritu de superación inigualables. Su camino este año ha sido todo un ejemplo de lucha. A eso se refería el Cholo cuando hablaba de equipo del pueblo. Un equipo que sorteaba toda las dificultades que le aparecían en el camino con lo único que tenía seguro: trabajo. 

Cierto que la victoria en Lisboa habría sido el broche merecidísimo a una temporada de leyenda, pero este año es, precisamente, aquel en el que el aficionado debe sentirse más orgulloso. Acuérdense sino de administradores, del penalti de Hasselbaink en el Tartiere, de Musampas, de Novos, de Intertotos y de Sosas (el Pato, ese que se cayó en la presentación). El gol de Ramos erá nuestro segundo Schwarzenbeck, pero no olviden ni un solo minuto de lo grande de la empresa realizada.

No se olviden de la belleza de la derrota. 

lunes, 24 de febrero de 2014

Sobre el fracaso

En la página 198 de "Paisaje de otoño", de Leonardo Padura, aparece el siguiente texto: "Al fin y al cabo, la dulce envidia sentida por los escritores que lo hacían bien era una enfermedad menos dura que la convicción de que tal vez él nunca lograra hacerlo, ni siquiera mal". 

Unas cuantas palabras que resumen a la perfección lo difícil de asumir que se ha fracasado. El miedo a reconocer que las cosas no han salido como hemos deseado o imaginado en nuestra mente antes de ejecutarlas. Y cómo recurrimos a otros sentimientos, cómo damos prioridad a otras sensaciones para intentar neutralizar la desazón que nos provoca haber fracasado.

El fracaso lleva a refugiarnos en otros sentimientos, decía. Y eso me lleva a una conclusión: el ser humano es un ser cobarde, o cómodo, siendo generoso. Es un ser que prefiere esconderse tras la envidia o el rencor antes que tener la valentía de aceptar que ha fracasado y reunir el valor para rehacerse y volver a intentar aquello en lo que ha naufragado. Porque intentarlo de nuevo, sabiendo que se ha fracasado, es una tarea titánica.

Quizás el error es partir de una premisa equivocada y suponer que fracasar es (aunque parezca raro y redundante) un fracaso. ¿Cuántos éxitos han tenido su causa en un fracaso? Seguramente más de los que imaginemos o queramos imaginar.

O quizás el error es pensar que el hecho de intentarlo, a pesar de que exista la clara posibilidad del fracaso, no pueda ser un pequeño éxito. Caer en una especie de filosofía de vida resultadista, en la que nada importe el esfuerzo o la confianza en lo bueno de la empresa que acometemos.

Mientras divago sobre esto, millones y millones de personas estarán pensando en sus respectivos fracasos vitales. La vida misma. A los que hayáis llegado hasta el final del lectura, os invito a encontraros con el riesgo a fracasar, y por qué no, con el fracaso.

"Cada fracaso le enseña al hombre algo que necesitaba aprender" Charles Dikens.

jueves, 6 de febrero de 2014

Hasta siempre, abuelo

Cádiz ha sido una ciudad propensa a ser testigo de hechos trascendentes. Que se lo digan a Napoleón, cuyas tropas acabaron desesperadas ante la imposibilidad de hacerse con los irreductibles españolitos que se arrinconaban en la Isla de León. O a Aníbal, que de allí salió con el objetivo en mente de conquistar Roma. Tampoco es diferente esto en el mundo del fútbol. Que se lo digan a Luis Aragonés, que sin que muchos lo supiésemos (en realidad, puede que solo él lo supiese), salió un 15 de noviembre de 2006 con la firme convicción de conquistar Viena.

Fue la noche de ese día cuando Rumanía nos sacaba los colores y la prensa abría la veda contra Luis al que ya habían sentenciado por la reciente derrota ante Suecia que nos llevaba a la repesca ante Dinamarca para jugar la Eurocopa y por haber jubilado a Raúl después de que un tal Healy hiciese de Irlanda del Norte un Vietnam.  Hacía tan solo  unos meses que el propio Luis había dado marcha atrás en su decisión de dejar La Roja “para tener una revancha en la Eurocopa”.

Fue en ese momento cuando comenzó la caza de los medios. Luis, picado en lo más hondo por lo que creía era un ataque sin medida y justificación (la Selección había mostrado en el Mundial de Alemania muestras de que podía jugar realmente bien), se recluyó en su hurañía, lamiéndose las heridas y sabedor de que la razón estaba de su parte, aunque él fuese el único que estaba seguro de tenerla. Y esta razón se la iban a dar un puñado de locos bajitos que hacían del toque música de violines.

Él fue el primero en apostar abiertamente por el ‘tiqui-taca’ en vez de por el músculo. Recordó Xavi en su artículo de despedida a Luis que le dio los mandos de La Roja y que se decidió por “poner a los buenos, porque son tan buenos que vamos a ganar la Eurocopa”. Días antes de empezar el torneo, aseguraba en una entrevista a As que España iba a ganar la Eurocopa. Unas palabras vacías o acordes a un discurso preestablecido del seleccionador de un combinado como el español, pero que años después, con la distancia que nos otorga el tiempo, suena a profecía.

Cada partido que jugamos en Austria fue una bofetada más fuerte en las mejillas de todos los que le habían puesto a los pies de los caballos. Ese junio de 2008 España nos devolvió (o nos regaló por primera vez) esa sensación de sabernos fuertes, de sentirnos indestructibles. Nos quitó el estigma de la inferioridad en una tanda de penaltis y nos dejó para la posteridad una segunda parte contra Rusia en la semifinal que podremos contar a nuestros hijos y nietos para ganarnos su atención cuando ya casi nos hagan caso. Y nos llevó al cielo futbolístico de las manos de un Torres al que se encargó de motivar y besar como a un hijo (tal y como él reconoció en un Informe Robinson imprescindible) el día antes de la final. Seguro que cuando Casillas levantaba la copa en el Prater pensó algo parecido a un “¿Os creíais que el hijo de puta del viejo estaba loco?”.

Cuando las celebraciones terminaron y Del Bosque recogió su herencia, Luis se marchó a entrenar al Fenerbache. Poco duró su aventura turca, y ya nunca más volvió a sentarse en un banquillo. Desde entonces, una de sus pocas declaraciones a la que los medios dieron especial tratamiento fue su palo a los jugadores tras la derrota contra Suiza. Los propios jugadores defendieron en todo momento a Luis, asegurando que en todo momento habían captado su intención, que no era ni más ni menos que darles en el orgullo para revertir la situación. Tras eso, España ganó todos sus partidos y se llevó el primer título mundial. Pero ni en ese instante se dejó de ser injusto con él.

Por eso duelen las críticas que recibió. Por eso duele tanto esa noche de Cádiz. Por eso duele ahora tanto reconocimiento a deshoras. Hace menos de una semana de tu perra despedida y aún me emociono al recordar lo que nos hiciste ser. Espero que, allá donde esté, no haya Schwarzenbecks, ni prensa hipócrita ni mentirosos. Se lo ha ganado, abuelo. 


"He tenido salidas de tono sobre todo cuando tengo la razón". (Luis Aragonés)

jueves, 16 de enero de 2014

¿Dónde está el espíritu de Nelson Mandela?

Como gran parte de los máximos mandatarios internacionales, Mariano Rajoy acudía a Johannesburgo al entierro de Nelson Mandela. Como gran parte de todos los Gobiernos del mundo entero, el de España reaccionó tras la muerte de la persona que acabó con la vergüenza del apartheid y ensalzó la figura del primer presidente de la historia de Sudáfrica elegido de forma democrática. 

Era el mismo Rajoy quien ponía de relieve “el ejemplo de dignidad humana” que representaba Mandela y quien aseguraba que todo el mundo debía aprender de su forma de actuar. Y, lo más hilarante, añadía esta frase: "Es muy importante resaltar que ha hecho de la concordia la fuerza de su mandato. De eso hemos de aprender todos". Esto fue el 6 de diciembre, y menos de mes y medio después suena aún más obsceno.

Solo (sí, haré caso a la RAE y pasaré de los acentos en esta palabra para siempre) un  ejemplo: el del proceso de paz en Euskadi. Rajoy, que llama a la concordia, logra la connivencia de jueces afines a su causa para suspender manifestaciones. Rajoy, que dice que todos debemos aprender de Mandela, se pone de lado del nido de ultraderecha de la AVT. Rajoy, que quiere emular al político con mayor tacto, tolerancia y adaptación a las circunstancias del siglo XX, opta por la división cuando tiene la pelota en su tejado para comenzar un proceso de garantías.

Se ve que el espíritu de Mandela es tan itinerante como las unidades violentas de Gamonal (las que no iban con uniforme azul, quiero decir) y Rajoy lo ha confundido con otra cosa, exactamente con lo contrario. Quizás otro viaje a Sudáfrica pagado con el bolsillo del contribuyente para decir un par de gilipolleces sobre la final del Mundial le hagan reencontrarse con él. Pero que el billete sea solo de ida.

“Si quieres hacer las paces con tu enemigo, tienes que trabajar con tu enemigo. Entonces él se vuelve tu compañero” (Nelson Mandela).

jueves, 19 de diciembre de 2013

Un vínculo en el Metro

Unas semanas atrás, me encontré en el Metro (ese obligado infierno subterráneo de enfados diarios) a una persona a la que había entrevistado. No había lugar a dudas para el equívoco: con su perro lazarillo, su bastón y los ojos enfocados hacia ningún lugar en concreto, era inconfundible. Todo viene de hace más de tres años: en una asignatura de entrevistas en la carrera, se nos obligaba a entrevistar a tres personas con un perfil concreto. En uno de esos casos, tenía que hablar con una persona con algún tipo de discapacidad, y yo elegí a una persona con ceguera. Era mi segunda entrevista, y me llevé una lección de positivismo inolvidable.

Y más de tres años después, esa persona apareció en mi vida de nuevo. Me hizo ilusión. Y también me sorprendió con una reflexión a la que nunca antes había llegado: cuando haces una entrevista, creas un vínculo con tu interlocutor. No un vínculo temporal, sino uno que va más allá del primer contacto. La persona a la que entrevistas, al proporcionarte la información que necesitas, al prestarse al toma y daca de la pregunta-respuesta,  te hace entrar en un círculo compartido del que nunca puedes salir. Una especie de vínculo que se crea con la mínima confianza que permite que la entrevista se produzca. Como si, al hacerte depositario de la información que le reclamas, formase un lazo entre los dos incapaz de romperse. Un lazo que, en mi opinión, se crea siempre, independientemente de los sentimientos que esa persona despierte en nosotros.

Además, también me sorprendí, deseando que a esa persona, que tan solo había ocupado varias horas de mi vida, le hubiese ido bien durante todos estos años. Una extraña sensación de que, para mi completa felicidad, necesitaba que la vida de ese hombre hubiese sido apacible. Como si una hora de conversación con la grabadora de por medio me cargase con la responsabilidad de preocuparme por él.

No sé exactamente por qué, pero no me decidí a preguntarle por su vida y recordarle que yo era el estudiante titubeante de Periodismo que un día había llegado a su despacho para preguntarle por su vida de minusválido y que se ruborizó hasta el extremo (estoy seguro de que se percató de ello) cuando él me respondió que simplemente era “Minus-rápido”. Quizás fue el miedo a que no me reconociese. O el miedo a conversar con él y darme cuenta de que mi teoría no tiene ningún sentido.

Esa no fue la única vez que me lo he encontrado, y estoy seguro de que habrá más. No descarto que un día cualquiera reúna un mínimo de valor y le pregunte cómo le va todo y si se acuerda de ese periodista en la probeta que le robó algo de tiempo para intentar desentrañar el día a día de una persona que tiene todo un poco más difícil que el resto. Pero los sentimientos y las reflexiones que despertaron en mí. Quizás haya elegido la profesión más perra e ingrata del mundo, pero puede que sea la mejor que exista.

"Las malas personas no pueden ser buenos periodistas" (Kapuściński)

lunes, 16 de diciembre de 2013

Contra lo hipotético

Hace unos días, escribiendo en la redacción, me encontré de repente con la palabra ‘hipotético’, y me di cuenta de lo mucho que la había utilizado recientemente; tanto ella como varios sinónimos. No se trata de una falta de vocabulario (que podría ser, pero no en este caso), ni de una repetición en los temas (que podría ser, pero no en este caso), sino de una tendencia que observo en todos los ámbitos de la vida. Una obsesión por el futuro que nos arrebata el presente. 

Como robots, preocupados por qué nos ocurrirá y por tratar de que todo lo que nos espere sea lo más beneficioso posible, nos olvidamos de que lo importante pasa ante nuestros ojos, y de que vivir no es utilizar todos nuestros esfuerzos pensando en una futura etapa de nuestra existencia, sino que se trata de acoger todo lo que ésta nos pone por el camino, ya sean buenos (de los que se disfruta) o malos momentos (de los que se aprende). 

Vivir, aunque parezca mentira, consiste en vivir. No en una ensoñación de los días por venir cimentada en pilares imaginarios, en castillos en el aire. Vivir es actuar, reaccionar, cambiar de criterio, bajar a los infiernos y creerte en el cielo, reencontrarse todos los días con tus demonios para saludarles, darles los buenos días y apartarlos de un manotazo para dar paso a todo lo que te hace seguir adelante. Porque, para tener un pasado que poder recordar, hay que abrirle la puerta al ya, y guardar el mañana en el cajón. 

Vivan. Tomen decisiones basándose en el ahora. Equivóquense. Obedezcan a sus sentimientos, a pesar de que éstos les señalen una dirección diferente a la del resto de los mortales. Nunca se arrepientan de no hacer algo. No dejen escapar a las personas que merezcan la pena. Luchen por algo, si les parece justo. Luchen hasta el último aliento por ello, a pesar de todo y de todos.

Pero, por encima de todo, obedezcan al corazón al menos una vez en la vida. Yo les diría, incluso, que le hicieran caso más a menudo que a la cabeza. Podrán errar en ocasiones, pero simplemente por el hecho de optar a probar el dulce sabor de la victoria que otorga la conciencia de haber actuado correctamente, merecerá la pena.

"El ahora es todo lo que hay, y el futuro es simplemente otro momento presente para ser vivido cuando llegue" (Wayne Dyer)

jueves, 12 de diciembre de 2013

Historias que no se pueden contar

Dicen los que entienden de lo a que me dedico que muchas historias encuentran al periodista, y no al contrario; que solo se aparecen a una persona que, por avatares de la vida, tiene la responsabilidad, el honor o el privilegio de contar algo que el resto no puede.

Hace no tanto tiempo habría estado de acuerdo. Pero ya no. No en todos los casos. Siempre hay excepciones. Porque hay historias que, aunque sean dignas de ser contadas, no se pueden contar. Y no es incoherencia, es que la vida en sí misma es un misterio que creemos entender. Y repito, solo creemos. Una reflexión algo enrevesada, pero intento explicarme.

Por tradición, costumbre, o una simple tendencia de la que nos imbuimos al observar el mismo comportamiento en otros seres humanos, solemos pensar que lo más conveniente cuando una vivencia nos tortura es contarla, como una forma de liberarnos de ella. Discrepo. Una vez más, solo lo creemos. Pero creer y estar en lo cierto muchas veces no son sinónimos. Y yo, periodista (que en su máxima concepción idealizada lucha siempre por buscar o desempolvar la verdad), creo que hay historias que han de permanecer en el anonimato, en el recuerdo de sus protagonistas. En un círculo íntimo al que solo están invitados ellos. 

Esta conclusión, evidentemente, no la puedo avalar con argumentos indestructibles e inmaculados. Es solo una cuestión de sensaciones. Es la percepción de violar, de profanar (ésa sería la palabra más adecuada) una vivencia que puede ser merecedora de un texto, un reportaje o incluso un libro y que, sin embargo, solo está reservada a sus personajes. Y cuánto más se piensa en ellas, más se las concibe como un futuro escrito irrepetible. Quizás por el hecho de que se nos niegan. Quizás porque intentamos convencernos de que no estamos equivocados, cuando sí lo estamos.

O quizás, y esto es lo más fascinante, porque las mejores historias son aquellas que no se pueden conocer. 

"A quién le dices tu secreto, le vendes tu libertad" (James Howell)