Unas cuantas palabras que resumen a la perfección lo difícil de asumir que se ha fracasado. El miedo a reconocer que las cosas no han salido como hemos deseado o imaginado en nuestra mente antes de ejecutarlas. Y cómo recurrimos a otros sentimientos, cómo damos prioridad a otras sensaciones para intentar neutralizar la desazón que nos provoca haber fracasado.
El fracaso lleva a refugiarnos en otros sentimientos, decía. Y eso me lleva a una conclusión: el ser humano es un ser cobarde, o cómodo, siendo generoso. Es un ser que prefiere esconderse tras la envidia o el rencor antes que tener la valentía de aceptar que ha fracasado y reunir el valor para rehacerse y volver a intentar aquello en lo que ha naufragado. Porque intentarlo de nuevo, sabiendo que se ha fracasado, es una tarea titánica.
Quizás el error es partir de una premisa equivocada y suponer que fracasar es (aunque parezca raro y redundante) un fracaso. ¿Cuántos éxitos han tenido su causa en un fracaso? Seguramente más de los que imaginemos o queramos imaginar.
O quizás el error es pensar que el hecho de intentarlo, a pesar de que exista la clara posibilidad del fracaso, no pueda ser un pequeño éxito. Caer en una especie de filosofía de vida resultadista, en la que nada importe el esfuerzo o la confianza en lo bueno de la empresa que acometemos.
Mientras divago sobre esto, millones y millones de personas estarán pensando en sus respectivos fracasos vitales. La vida misma. A los que hayáis llegado hasta el final del lectura, os invito a encontraros con el riesgo a fracasar, y por qué no, con el fracaso.
"Cada fracaso le enseña al hombre algo que necesitaba aprender" Charles Dikens.
No hay comentarios:
Publicar un comentario