Ser periodista no es fácil. En nuestro oficio, el trato con las personas es prioritario, y a lo largo de las sucesivas ruedas de prensa, entrevistas, reportajes, declaraciones y cafés, las personas que protagonizan nuestras noticias poco a poco pasan a ser algo más. No hablo de amistad, ni mucho menos, pero sí de una cierta simpatía o incluso afinidad. A veces ese trato empieza a ser más personal y deja un hueco a la sinceridad pura y dura. Ahí es cuando empiezas a descubrir sus luchas diarias, sus miedos, sus esfuerzos, sus ilusiones…
Paralelamente, la relación con otros sujetos de la información puede ser lo más opuesta posible. De esta manera, las malas formas, la prepotencia y la malicia van apareciendo y una persona repulsiva se configura ante nuestros ojos. Observas sus actos, sus intenciones, su carácter y actitud, y sabes que nunca en la vida podrás tener simpatía o un grado mínimo de afinidad hacia ella.
Así pues, como en la vida, en nuestro trabajo nos encontramos personas con las que congeniamos y personas con las que no. ¿Cuál es el problema entonces? Que aquí, a diferencia de nuestra vida particular, esas personas son parte de nuestra información y una herramienta para nuestro objetivo de comunicar e informar.
En ninguno de los dos casos es fácil mantener la objetividad. Resulta muy complicado y requiere de un continuo esfuerzo para no escribir las palabras que deseas ni aplicar el matiz que crees más justo de manera subjetiva. Pero finalmente el sentido de la responsabilidad profesional (ese del que tanto carecen otros) surge, tanto o temprano, o por lo menos eso creo en lo que a mí respecta.
A veces masticas lo que hubieras querido lo que ocurriera. Otras veces, de forma más imaginativa, piensas en la forma que habría tenido tu noticia perfecta. La mayoría de las veces yo opto por la modalidad computadora.
Y, no es por presumir, pero si todos los profesionales se aplicaran un poco el cuento, quizás tendríamos un periodismo mejor. Es sencillo. Hay que adoptar el papel de una máquina programada para captar lo que ocurre a su alrededor y que luego lo comunica de la forma más comprensible que puede. Hay que pensarlo como un trabajo. Es la forma más poco romántica de concebir una noticia, pero en ciertos casos es la mejor para obtener un contenido limpio y sin retazos ni sutilezas parciales.
Con la práctica, llegas a comprender que en realidad es tu responsabilidad, tu obligación y tu deber, y cuando eso ocurre, fusilas de un plumazo la modalidad computadora. Porque en ese mismo momento asimilas que tu función es comunicar, dar noticias, informar, y que como la vida misma, nada es perfecto y hay cosas que no te gustaría que pasaran. Además, siempre está el contrapunto y la recompensa de dar noticias que te gustan dar. Y en esa dualidad, en esa confrontación, está el sabor de todo esto. Es lo que lo hace tan divertido, tan adictivo y tan maravilloso.
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