No sé si es porque el tiempo no mata los recuerdos, o porque llevo tanto tiempo sin verte que la añoranza me carcome a ratos…pero siempre coincide en que está oscuro ahí fuera, y ya me he acostumbrado a que cuando el sol se apaga y la noche pide paso a empujones, me disfrace de hombre y me quede solo en el disfraz porque la pena es demasiado pesada.
Son muchas las veces que lo pienso, son tantas las ocasiones en las que intento imaginar cómo sería todo de otra forma, contigo en todos los lados, contigo en presente y nunca en pasado…contigo. El día me alumbra con su luz y sacude todo el polvo que acumulo durante las largas horas de la noche, pero el crepúsculo da paso a la losa en el pecho y al sinsabor de la ausencia.
Música, fotos y el reflejo en el espejo, que no en el alma, es lo que me acompaña. Y me cito con la soledad en el mismo sitio de todos los días, que ella ya lo conoce bien. Y me doy cuenta de que la paciencia no existe, que es un invento para disimular lo que todos sabemos: que Cronos se olvida de nosotros y nos deja solos a los mortales con sus ausencias y sus “echar de menos”.
Y me encuentro en mitad de la noche, esperando a que se vaya y me quite la carga, porque con ella a su lado las sábanas son plomo, son presión…y todo porque con ella viene tu recuerdo, ese que ya se ha convertido en mi fiel compañero de batallas. Las del día las gano, pero las de la noche son otra cosa. Y tú, maldita noche, que ya vuelves a por mí, que sabes que hincaré la rodilla, me grabas tu nombre a fuego vivo en el fondo de mi ser para que no se borre nunca tu malévola acción. Y hoy, como todas las otras veces, voy a tu encuentro, para ver si de una vez por todas logro vencerte. Todavía tengo que aprender a hacerlo, el corazón no me deja hacerlo aún, pero no descansaré hasta el día que lo logre. Me voy pues, que llega la noche.
A todos a los que echan de menos, por lo difícil de la tarea.
Precioso si señor...
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